El año pasado, por recomendación de mi otorrino, solicité un aparato de megafonía a la Delegación de Almería. Me prestaron un aparatito que al principio no me convencía nada, pues si el micro no estaba pegado a la boca y la voz a tope, no servía. Pero poco a poco me fui acostumbrando a él (os aseguro que no fue fácil) y mis alumnos también, bueno, meses después todavía me preguntaban que para qué llevaba eso, pero bueno.
Al principio todo eran preguntas: “maestra, ¿eso qué es?”, “¿para qué te pones eso?”, “¿hoy también llevas eso?”, “¿es que vas a cantar?” y canchodeítos: Chayanne, me llamaba mi compañero de Educación Física. Pero luego, todo el mundo (incluida yo) se acostumbró a verme con él y cuando algún día se me olvidaba cargarle las pilas y no me lo ponía, me preguntaban “¿hoy no te pones eso?”. Y es que “eso”, ya se había convertido en un aparato imprescindible para mis clases, al igual que el casete o mi portatizas.
Al finalizar el curso tuve que devolverlo, pues como dije antes era un préstamo. Mi intención era explicarle a la señorita de “Prevención de riesgos laborales” que, aunque me cambiaba de Delegación, iba a seguir necesitándolo y que si podía quedármelo, pero fue imposible contactar con ella, llamara a la hora que llamara siempre comunicaba, y como quedaban cuatro días para que me fuera de Albox y una compañera tenía que ir a delegación, le hice el encargo. O no me entendió o no quiso complicarse y devolvió el micrófono y punto.
El caso es que hoy he ido a la Delegación de Jaén a recoger otro. Pensaba que sería igual que el mío, pero no. Me han dado un trasto muy aparatoso, grande, pesado e incómodo.
¡Quiero mi micro!






